Homilía del 18 de enero 2026
El tema central de las lecturas de hoy es un llamado profundo y exigente: vivir como el Cordero de Dios, sufrir como el Cordero de Dios y dar testimonio de Cristo, el Cordero de Dios.
En el Evangelio de hoy escuchamos el testimonio de Juan el Bautista. Pero este testimonio no es solo un recuerdo del pasado; es una llamada personal de Dios para cada uno de nosotros, para que también seamos testigos del Cordero de Dios en nuestro tiempo y en nuestra realidad.
La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta la figura del Siervo sufriente, elegido por Dios desde el seno materno y consagrado para ser luz de las naciones. Este texto refleja de manera admirable la vida, la misión y el ministerio de Jesucristo. Jesús es el Siervo fiel que acepta el sufrimiento para traer salvación y esperanza al mundo.
En la segunda lectura, san Pablo recuerda a la comunidad de Corinto —y a nosotros— que, por nuestra vocación cristiana, hemos sido santificados y llamados a la santidad. Dios nos ha elegido y consagrado en Cristo para una vida de servicio y fidelidad. Este llamado no es exclusivo de unos pocos; es la vocación de todos los bautizados.
El Evangelio nos presenta tres grandes temas:
- El testimonio que Juan el Bautista da de Cristo
- La revelación e identificación de Jesús como el Cordero de Dios
- El llamado al discipulado
A partir de estas lecturas, ¿cuáles son los mensajes para nuestra vida?
- Primero: Estamos llamados a vivir y morir como el Cordero de Dios.
Vivir como el Cordero significa llevar una vida marcada por la humildad, la mansedumbre, la pureza y el amor desinteresado. Significa obedecer el mandamiento del amor, confiar en la providencia del Buen Pastor presente en su Iglesia y alimentarnos del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía. Significa fortalecernos con el Espíritu Santo a través de los sacramentos y la oración.
Morir como el Cordero significa vivir una vida entregada, capaz de compartir nuestras bendiciones —salud, bienes, tiempo y talentos— con los demás, especialmente en la familia, la parroquia y la comunidad. Significa dar testimonio de Cristo incluso en el sufrimiento, ofreciendo nuestras enfermedades, dolores y pruebas por la salvación de las almas y como reparación por nuestros pecados y los del mundo.
- Segundo: estamos llamados a reconstruir vidas rotas
Como el Siervo de Isaías y como los santos a quienes escribe san Pablo, creemos firmemente que la llamada de Dios es fiel y verdadera. Nuestra respuesta debe ser la reconstrucción de vidas rotas: las nuestras y las de los demás. Estamos llamados a reconciliar a las personas con el amor y la justicia de Dios por medio de Cristo, nuestro Cordero y Señor.
Por el Bautismo hemos sido incorporados al Cuerpo de Cristo y fortalecidos por el Espíritu Santo para levantar al oprimido, consolar al afligido y devolver la esperanza a quienes viven cargados por el peso del pecado, de la injusticia, de la exclusión social, económica o espiritual.
- Tercero: estamos llamados a ser testigos del Cordero de Dios
El Evangelio nos recuerda que ser discípulo de Jesús significa crecer en la fe para convertirnos en testigos suyos. Dar testimonio no es algo ocasional; es una misión para toda la vida. No se puede ser discípulo de Cristo a distancia, como tampoco se puede amar a alguien desde lejos.
Amar a Cristo es acercarse a Él, conocerlo personalmente a través de la Palabra de Dios, la oración y los sacramentos, y llevar a otros al encuentro con Él. El verdadero discípulo no guarda la fe para sí mismo; la comparte.
La esencia del testimonio cristiano es sencilla:
- Primero, decir lo que hemos visto y creído
- Luego, invitar a otros a “venir y ver”
Andrés nos da un hermoso ejemplo. Él llevó personas a Jesús en tres momentos importantes: primero a su hermano Simón, luego al muchacho con los cinco panes y dos peces, y finalmente a unos griegos que querían ver a Jesús, anunciando así la hora de su glorificación.
Con entusiasmo recomendamos un buen restaurante o una buena experiencia. ¿Por qué, entonces, dudamos tanto en invitar a otros a la Iglesia o a la fe? A veces creemos que la religión es un asunto privado, o que hablar de Dios es incómodo, o que nuestra fe no es suficientemente fuerte. Sin embargo, si la fe no se comparte, se debilita.
Conclusión: un testimonio que nos interpela
Quisiera concluir esta homilía compartiendo una experiencia personal que transformó profundamente mi comprensión del testimonio cristiano.
En una ocasión, mientras viajaba en avión desde Dubái hacia Cebú, estaba sentado junto a una pareja de ancianos. El hombre sufría de un miedo extremo a volar. Desde el inicio del viaje se notaba su angustia. Cuando el avión despegó, entró en pánico. La tripulación intentó ayudarlo, pero nada parecía funcionar. Su esposa estaba desesperada.
Yo intenté consolarlo con palabras, pero debo confesar que me faltó valor. Dudé en revelar mi identidad y en orar abiertamente.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Una niña muy joven y su madre, que estaban sentadas unas filas más adelante, se levantaron, se acercaron y comenzaron a orar allí mismo, extendiendo sus manos sobre aquel hombre. Con una fe sencilla y valiente confiaron en Dios.
En pocos minutos, el hombre se calmó, tomó su medicamento y se durmió tranquilamente durante el resto del vuelo.
Hermanos y hermanas, Dios hizo un milagro, pero no solo en ese hombre. También lo hizo en mí. Comprendí que dar testimonio de Cristo no depende de títulos ni de cargos, sino del coraje de la fe.
El Evangelio de hoy nos invita a no callar, a no escondernos, a no dejar pasar las oportunidades que Dios nos regala para decir con nuestra vida: “He aquí el Cordero de Dios.”
Que al salir hoy de esta Eucaristía tengamos la valentía de ser testigos auténticos del Cordero: en nuestras familias, en el trabajo, en el sufrimiento y en la esperanza.
Que otros, al vernos, puedan descubrir no nuestra grandeza, sino la presencia viva de Jesucristo, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Amén.
Tomas Pallithazhathu0

