XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO| Llamó a sus doce discípulos y los envió.

Homilía del domingo 14 de mayo de 2026

Queridos hermanos y hermanas: Hoy celebramos el XI Domingo del Tiempo Ordinario. Las lecturas nos recuerdan que Dios no solamente nos salva, sino que también nos llama a vivir una relación íntima con Él y nos envía en misión. Después de haber recibido gratuitamente su amor y su misericordia, somos invitados a convertirnos en instrumentos de su compasión y de su gracia en el mundo. La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, nos sitúa en un momento decisivo de la historia de Israel. Después de haber sido liberado de la esclavitud de Egipto, el pueblo llega al monte Sinaí mientras camina hacia la Tierra Prometida. El Sinaí no es simplemente un lugar de descanso; es el lugar donde Dios forma a su pueblo y le confía una misión.

Antes de dar los mandamientos, Dios recuerda a Israel todo lo que ha hecho por él: «Los he llevado sobre alas de águila y los he traído hacia mí.» Como un águila que protege a sus crías, Dios ha guiado y cuidado a su pueblo con ternura y fortaleza. Su identidad no se basa en sus propios méritos, sino en el amor fiel y misericordioso de Dios. Después Dios los invita a vivir una alianza: «Si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi propiedad personal entre todos los pueblos, un reino de sacerdotes y una nación santa.» Israel es elegido no para sentirse superior a los demás pueblos, sino para ser una bendición para todas las naciones y manifestar la santidad y el amor de Dios al mundo

La única respuesta que Dios pide es la fidelidad. Su amor generoso espera un corazón generoso. En la segunda lectura, san Pablo nos recuerda que nuestra salvación es totalmente un don de Dios. Cuando todavía éramos débiles, Cristo murió por los pecadores. Dios no esperó a que fuéramos justos o perfectos. Nos amó cuando aún éramos pecadores y nos reconcilió consigo por medio de la muerte de su Hijo. Por eso nadie puede gloriarse de sus propios méritos. Todo lo que tenemos —la fe, la esperanza y la salvación— es pura gracia. Y porque hemos recibido tanto de Dios, estamos llamados a compartir esa misma misericordia con los demás.

El Evangelio nos presenta a Jesús contemplando a la multitud con ojos llenos de compasión. Ve más allá de las apariencias y descubre personas «cansadas y abatidas, como ovejas que no tienen pastor.» Son personas hambrientas de sentido, desanimadas y necesitadas de esperanza. Jesús no permanece indiferente ante su sufrimiento. Su corazón se conmueve porque comprende su dolor y su necesidad. La verdadera compasión comienza cuando aprendemos a mirar a los demás con los ojos de Dios y dejamos que sus sufrimientos toquen nuestro corazón.

Entonces Jesús dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies.» Antes de enviarlos, les enseña a orar. Toda misión nace de la oración, porque la obra pertenece primero a Dios.

Inmediatamente después, Jesús llama a los Doce y los envía, dándoles autoridad para curar enfermos, limpiar leprosos, expulsar demonios y anunciar que el Reino de Dios está cerca. Esa autoridad no es para dominar, sino para servir. Son enviados para devolver esperanza, dignidad, salud y vida. Finalmente, Jesús les recuerda: «Gratis lo recibieron; denlo gratis.» No son dueños de la gracia de Dios, sino administradores de ella. Lo que han recibido gratuitamente deben compartirlo con generosidad. Este mensaje también nos interpela hoy. Por el Bautismo, cada uno de nosotros ha sido llamado y enviado por Cristo. No somos simples espectadores del Evangelio, sino participantes de su misión. Nuestro mundo sigue lleno de personas cansadas, confundidas, solas y sin esperanza. Necesitan a alguien que las escuche, las anime, las perdone y les recuerde que Dios nunca las abandona. Quizá no hagamos milagros extraordinarios, pero cada gesto de bondad, cada palabra de aliento, cada acto de perdón y cada sacrificio hecho por amor se convierte en un signo de la presencia de Dios. Pidamos hoy al Señor la gracia de mirar a los demás como Jesús los mira, de amarlos como Él los ama y de servirlos como Él los sirvió. Gratis hemos recibido la misericordia de Dios; gratis estamos llamados a compartirla.

Que nuestra vida llegue a ser un sacramento vivo del amor compasivo y sanador de Dios para el mundo.

Amén.

 

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