DOMINGO. BAUTISMO DEL SEÑOR, fiesta (A)| Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él

Homilía del 11 de enero 2026

Hoy la Santa Madre Iglesia celebra la Solemnidad del Bautismo del Señor. Con esta hermosa fiesta, la Iglesia concluye el tiempo de Navidad, y a partir de mañana iniciamos el Tiempo Ordinario. Sin embargo, no hay nada de “ordinario” en lo que celebramos hoy. A orillas del río Jordán, el cielo se abre, Dios se revela, y comienza la misión pública de Jesús.

Quisiera iniciar esta reflexión con dos ejemplos sencillos, pero muy profundos.

A mediados del siglo XIX, cuando la lepra se extendió entre la población de las islas Hawái, las autoridades decidieron crear una colonia de leprosos en la remota isla de Molokai. Los enfermos eran arrancados de sus familias y enviados allí para morir en el abandono. Movido por su inmenso sufrimiento, un joven sacerdote belga, el padre Damián, pidió permiso para ir a servirlos. Muy pronto comprendió que no bastaba ayudarlos desde lejos: tenía que vivir con ellos. Compartió su vida, su dolor y su rechazo. Con el tiempo, él mismo contrajo la lepra. Un día, durante la celebración de la Eucaristía, comenzó su homilía diciendo: “Nosotros, los leprosos de Molokai, somos hijos de Dios.” En ese momento, los enfermos supieron que ya no estaban solos.

El segundo ejemplo viene de la India, de Mahatma Gandhi, cuyo nombre significa “gran alma”. Gandhi vestía solo un taparrabos y ayunaba con frecuencia, casi hasta la muerte. Lo hacía para mostrar su solidaridad con los millones de pobres de su país, que no tenían ni ropa ni alimento suficiente. Un día, un niño pequeño le preguntó: “Abuelo, ¿por qué no usas camisa? ¿Puedo pedir a mis padres que te regalen una?” Gandhi le respondió con ternura: “Hijo mío, usaré camisa el día en que todos los habitantes de mi país tengan una para vestir.”

Ambos ejemplos nos enseñan una verdad fundamental: el amor verdadero se identifica con la realidad del otro.

Eso es exactamente lo que contemplamos hoy en el Evangelio. Jesús, aunque no tiene pecado, se pone en la fila de los pecadores para ser bautizado por Juan en el río Jordán. Se identifica plenamente con la humanidad herida, frágil y necesitada de salvación. Vive todas las consecuencias del pecado, menos el pecado mismo. Su bautismo es una experiencia profunda y misteriosa: el cielo se abre, el Espíritu Santo desciende como una paloma y se escucha la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.” En ese momento se revela el misterio de Dios Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El bautismo de Jesús es un momento decisivo en su vida.

Primero, marca el final de su vida oculta en Nazaret y el inicio de su misión pública.

Segundo, es un acto de identificación con su pueblo y con el camino de conversión predicado por Juan el Bautista.

Tercero, es un momento de aprobación: el Padre confirma a su Hijo.

Cuarto, es un momento de convicción: Jesús toma plena conciencia de su identidad como Hijo amado.

Y quinto, es un momento de envío y de fuerza: el Espíritu Santo lo capacita para anunciar la Buena Noticia de que Dios es un Padre amoroso que quiere salvar a todos.

Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán, sucede algo extraordinario: el Creador entra en su creación. El cielo no puede permanecer en silencio. El Padre habla, el Espíritu desciende, y el Hijo está en medio de los pecadores. Es un punto de encuentro: la tierra toca el cielo, el ser humano se encuentra con Dios. Jesús no entra en el agua para ser santificado; entra para santificar las aguas. No entra para quitar sus pecados, sino para cargar con los pecados de toda la humanidad. Al purificar el río, abre manantiales de gracia para todos nosotros.

Este acontecimiento da sentido a nuestro propio bautismo. En el bautismo no solo entramos a la Iglesia; somos transformados. Somos regenerados, recreados, y nos convertimos en hijos e hijas amados de Dios. El bautismo cambia nuestro ser. Nos concede la gracia, y con la gracia viene también la responsabilidad: recordar cada día a quién pertenecemos.

¿Cómo vivimos nuestro bautismo en la vida cotidiana?

Vivimos nuestro bautismo cuando perdonamos en lugar de vengarnos.

Cuando elegimos la honestidad en vez de la comodidad.

Los padres viven su bautismo cuando transmiten la fe a sus hijos con el ejemplo.

Los jóvenes viven su bautismo cuando resisten la presión de renunciar a sus valores.

Vivimos nuestro bautismo cuando somos solidarios con los pobres, los marginados, los inmigrantes y los que viven en las periferias de la sociedad.

La primera misión del bautizado comienza en la familia. Como padres, podemos dar a nuestros hijos educación, alimento y todo lo material. Pero si no les damos la fe, no les damos nada como padres cristianos. Por eso la Iglesia bautiza a los niños, incluso antes de que comprendan. Así como un niño es alimentado antes de entender el hambre y recibe medicina antes de entender la enfermedad, así la gracia se da antes de comprender el pecado. El bautismo no es una simple celebración; es un acontecimiento de transformación.

Existe una hermosa costumbre entre campesinos cristianos de una región de la India. Cuando cultivan sandías, las frutas pequeñas son atacadas fácilmente por los insectos. Para protegerlas, los campesinos trazan una cruz sobre la sandía joven y la cubren con hojas secas. A medida que la sandía crece, queda protegida y la cruz crece con ella. Cuando madura, la sandía lleva una cruz grande y visible. Así actúa el bautismo en nosotros: nos protege del mal y nos permite crecer en la gracia. La cruz que recibimos en el bautismo crece con nosotros a lo largo de la vida.

La fiesta de hoy nos recuerda nuestra identidad y nuestra misión. En el bautismo nos convertimos en hijos adoptivos de Dios, hermanos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo, miembros de la Iglesia y herederos del cielo. Estamos llamados a vivir como hijos de Dios en nuestros pensamientos, palabras y acciones; a respetar nuestra dignidad y la de los demás; a crecer en la oración; y a colaborar con Dios en la construcción de su Reino.

Como nos recuerda san Juan Pablo II, el día de nuestro bautismo fuimos ungidos con el óleo para fortalecernos contra el mal, lavados con el agua bendita para la purificación interior, consagrados con el santo crisma para participar en la misión de Cristo, y se nos entregó la luz de la fe, confiada al cuidado de nuestros padres, padrinos y de toda la comunidad cristiana.

Hoy demos gracias a Dios por el don inmenso de nuestro bautismo. Renovemos nuestras promesas bautismales, renunciando a Satanás y a sus falsas promesas, y consagrándonos de nuevo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Pidamos al Señor la gracia de ser fieles a nuestro bautismo, anunciando la Buena Noticia con una vida transparente de amor, misericordia, servicio y perdón.

Amen.

Tomas Pallithazhathu