Homilía del domingo 29 de marzo de 2026
Queridos hermanos y hermanas en Jesucristo: Hoy celebramos la entrada gloriosa de Cristo en Jerusalén. Jesús entra como rey. Pero no como un rey de este mundo.
No entra montado en un caballo, símbolo de poder y fuerza.
En cambio, elige un burro. ¿Por qué? Porque Jesús quiere mostrarnos que Él es rey… pero un rey diferente.
Los reyes del mundo vienen para ser servidos. Jesús viene para servir. Los reyes del mundo hacen que otros se arrodillen ante ellos. Jesús se arrodilla…
Y lava los pies de los demás. Este es nuestro rey. Un rey que ama. Un rey que sirve. Hoy, la multitud grita:
“¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” “Hosanna” significa: “¡Señor, sálvanos!”
Pero, hermanos. Hay un contraste muy fuerte. Los mismos que hoy gritan “Hosanna”. Pronto gritarán:“¡Crucifícalo!”
Los mismos labios cambian. Los mismos corazones se alejan. Aquí aparece una realidad muy dolorosa: la traición.
La traición duele profundamente. Y duele más cuando viene de alguien cercano… de un amigo… de alguien en quien confiamos…
Jesús también experimenta esta traición. Y no solo por la multitud, Sino también por sus propios discípulos. Dos nombres hoy nos hablan: Judas y Pedro.
Primero, miremos a Judas. Judas estaba muy cerca de Jesús.
Vivía con él. Escuchaba su palabra.
Veía su amor. Pero su corazón…
No cambió.
Tres características de Judas: Judas estaba cerca de Jesús. Pero su corazón estaba lejos. No se dejó transformar por el amor de Cristo.
Judas era una persona calculadora. Medía todo en términos de ganancia y pérdida. Para él, todo tenía un precio. Incluso el amor…
Incluso la fe… Judas puso precio a Jesús. Treinta monedas de plata.
Hermanos. Cuando todo en la vida se mide con precio. Algo muy peligroso sucede. Si Dios tiene un precio… todo pierde su valor.
Y al final. La persona misma pierde su valor. Eso le pasó a Judas. Perdió el sentido de su vida. Perdió la esperanza.
Y cayó en la desesperación. Y ahora, hermanos y hermanas, llegamos al momento más doloroso de la traición.
El beso de Judas.
La traición de Judas alcanza su punto máximo cuando traiciona a Jesús con un beso. Un beso, en realidad, es uno de los gestos más profundos. Es un signo de amor…
De cercanía… de afecto… De reconciliación… de gratitud.
Un beso expresa lo que las palabras muchas veces no pueden decir. Cuando besamos a alguien,
es como si nuestro corazón dijera en silencio: “No puedo tocar tu corazón con el mío…
por eso lo hago con mis labios.”Es un gesto sagrado. Un gesto lleno de amor y de verdad. Pero Judas…
después de vivir tres años con Jesús, escuchándolo, caminando con Él, compartiendo la mesa—toma ese gesto santo…y lo convierte en traición. Lo que debía ser amor,
se convierte en engaño. Lo que debía ser cercanía, se convierte en traición. Lo que debía ser luz, se convierte en oscuridad
Hermanos, Judas no solo traiciona a Jesús… profana un gesto de amor.
Convierte algo puro en algo contaminado. Y esto nos hace pensar:
¿Cuántas veces también nosotros…?
- usamos palabras bonitas sin amor verdadero…
- mostramos gestos externos… pero con un corazón distante…
- aparentamos cercanía con Dios… pero por dentro estamos lejos…
El beso de Judas nos confronta. Nos invita a preguntarnos: ¿Mi amor es verdadero…
o solo una apariencia?
Pedro también falló.
Negó a Jesús tres veces:No lo conozco. Pero Pedro hizo algo diferente. Pedro se arrepintió.
Volvió al Señor. Y permitió que el amor de Jesús lo transformara.
Entonces, los dos fallaron.
Pero terminaron de manera distinta:
- Judas eligió la desesperación
- Pedro eligió el arrepentimiento.
Queridos hermanos y hermanas, hoy pongo ante ustedes tres tipos de discípulos—tres ejemplos vivos del discipulado.
El primero es la multitud.
La multitud no tiene rostro ni voz, y sin embargo sigue la corriente.
Solo hace ruido. Es flexible, fácilmente influenciable y muchas veces volátil.
Se deja llevar por una especie de psicología de masas, manipulada por quienes son fuertes e influyentes.
Y dentro de la multitud, nadie asume personalmente la responsabilidad de sus actos.
Y por eso, no son verdaderos discípulos.
Porque el discipulado nace de una decisión personal.
Es un compromiso y una entrega—también cuando hay pérdida personal y sufrimiento.
Esta multitud no es un grupo de discípulos, sino un grupo de admiradores,
movidos por los milagros, llevados por las emociones e influenciados por otros.
Se mueven por la psicología de masas, no por un amor comprometido.
Pero Judas y Pedro son diferentes.
Ellos son discípulos—elegidos personalmente por Jesús, formados por Él.
Se les dio tiempo para discernir su vocación.
Se les orientó hacia una meta, y decidieron libremente seguir a Jesús.
Y, sin embargo, cuando más importaba, ambos cayeron.
Judas—uno que cayó porque puso mal el objeto de su amor.
Pasó por el proceso, pero no fue transformado por la formación.
Puso sus ojos en las ganancias materiales. Era calculador, siempre midiendo, en lugar de entregarse.
Pero la caída de Pedro fue por miedo.
Judas no se dejó transformar por el amor divino, y Pedro aún no había sido fortalecido por el amor de Jesús.
Ahora bien, la pregunta es esta: por nuestro bautismo, somos discípulos.
El discipulado es nuestra identidad. También nosotros hemos sido llamados, elegidos e invitados a seguir a Jesús.
Y este discipulado no es automático.
Es un compromiso y una entrega, especialmente cuando hay pérdida personal, incluso cuando hay sufrimiento.
Por eso debemos preguntarnos: ¿cuál es la calidad de mi discipulado?
¿Dónde estoy yo?
En el momento más decisivo, cuando tengo que demostrar la firmeza de mi fe y de mi compromiso, ¿dónde estoy?
¿Soy uno más de la multitud, o me encuentro entre Judas y Pedro?
Finalmente, Judas y Pedro no son solo dos personas del pasado, que vivieron una vez y ya no están.
Son discípulos de Jesús que, con sus decisiones, marcaron su destino—
uno hacia la pérdida, el otro, a través del arrepentimiento, hacia la sanación y la gloria.
Y así también nosotros. Somos discípulos, afortunados de haber sido llamados y amados por Jesús. Judas y Pedro no son solo figuras para recordar en la Pasión del pasado.
Son posibilidades dentro de cada discípulo—dentro de ti y dentro de mí. No están fuera de nosotros; están dentro de nosotros. No están superados; están muy presentes en nuestro corazón.
Cristo no quiere admiradores que griten “¡Hosanna!” Quiere discípulos que caminen con Él— incluso por el camino de la Cruz, el camino que conduce a la salvación Sigamos a este Rey… no solo en la gloria del “Hosanna”, sino también en la fidelidad del amor.
Amén.




