I Domingo de Pascua| Él había de resucitar de entre los muertos

Homilía del domingo 5 de abril de 2026

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

El mundo está lleno de tumbas famosas. Las Pirámides de Egipto se alzan en silenciosa grandeza, dando testimonio de poderosos gobernantes que ahora yacen en quietud. La Westminster Abbey atrae a innumerables visitantes, no por los vivos, sino por las grandes mentes que descansan en su interior. Estos lugares son recordados porque guardan a los muertos.

Pero hoy dirigimos nuestra mirada a una tumba muy diferente: la tumba de Jesucristo en Jerusalén. No es famosa porque alguien permanezca en ella, sino porque está vacía. Y desde ese vacío resuena un mensaje que ha cambiado la historia: «No está aquí». Este es el corazón de la Pascua. Lo que parecía una derrota definitiva se ha convertido en la mayor victoria. La muerte ya no tiene la última palabra. La resurrección de Cristo transforma nuestro miedo más profundo en nuestra mayor esperanza: la muerte no es el final, sino el paso hacia la vida eterna.

Cuántas veces nos encontramos, como María Magdalena, al borde de la pérdida, la confusión y el dolor. Cuántas veces la vida nos sitúa ante “tumbas”: momentos cerrados, silenciosos, que parecen definitivos. En esos momentos, todo puede parecer abrumador. Pero la tumba vacía habla.

Susurra a nuestros miedos y proclama a nuestro corazón: hay más. Más que la pérdida. Más que el sufrimiento. Más de lo que podemos ver. Esta misma esperanza silenciosa y poderosa se refleja en el relato «La última hoja» de O. Henry. Una joven yace débil, consumida por la enfermedad y la desesperanza. Desde su cama contempla una hiedra a través de la ventana. A medida que los fríos vientos del invierno soplan, las hojas caen una a una. Y con cada hoja que cae, su esperanza también se desvanece.

Hasta que un día queda solo una hoja. Ella cree que cuando esa última hoja caiga, su vida terminará. Pero en una noche de tormenta, cuando todo parece perdido, la hoja permanece. No cae.

Y en esa silenciosa resistencia, renace la esperanza. Lo que ella no sabe es que un anciano vecino, movido por la compasión, pintó esa hoja en medio de la tormenta, regalándole esperanza a costa de su propia vida. Él muere, pero ella vive. Y esa hoja se convierte en una obra maestra de amor y sacrificio.

Queridos hermanos, en esa hoja vemos un reflejo de la Cruz. En ese sacrificio vislumbramos el amor de Cristo. Y en esa vida recuperada contemplamos el poder de la esperanza.

Durante mucho tiempo, la muerte fue vista como castigo del pecado, como la última palabra, una palabra de oscuridad y condena. Pero en Jesucristo todo esto cambia. Él cargó con nuestros pecados, sufrió por ellos y realizó una reparación perfecta con su entrega. Y así, aunque seguimos siendo frágiles y pecadores, no estamos sin esperanza. Si nos volvemos a Dios, si nos arrepentimos, no estamos destinados a la perdición eterna.

Porque Cristo ha pagado el precio por nosotros. Y por eso, la muerte ya no es el final: es el paso hacia la vida.

Esta es la alegría de la Pascua. Esta es nuestra esperanza: no la muerte, sino la resurrección; no la desesperación, sino la vida eterna. Vivamos, entonces, como pueblo de la resurrección: con un corazón lleno de esperanza, con una fe que persevera y con un valor que confía incluso en la noche más oscura. Porque no somos un pueblo de la tumba, sino del sepulcro vacío.

Y recordemos: en realidad, la vida sin esperanza es muerte. Los días de nuestra vida terrenal, sin esperanza, sin fe y confianza en Dios y en la vida eterna, se vuelven vacíos y estériles. Pero la resurrección de Cristo nos da vida y nos invita a vivir cada día con alegría y esperanza.

El sepulcro vacío no es la ausencia de algo. Es el comienzo de una nueva presencia. El vacío no es la falta de plenitud, sino la plenitud de la alegría que llena el vacío del corazón humano.

El sepulcro abierto es la puerta abierta al cielo. La Pascua es la solución divina a todos los enigmas humanos. La Pascua es la llave divina de todas las puertas cerradas del ser humano. La Pascua es la respuesta divina a todas las preguntas sin respuesta del hombre. La Pascua es la aurora del tercer día de la esperanza. La Pascua es la alegría del tercer día al volver a encontrar a Dios. La Pascua es la experiencia del tercer día: la victoria de la vida sobre la muerte. Que el Señor resucitado ilumine nuestros días, renueve nuestra esperanza y nos conduzca a una vida nueva.

¡Feliz Pascua a todos!

Amén.

P. Tomas Pallithazhathu

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