Homilía del domingo 28 de junio de 2026
Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre una verdad fundamental: cuando hacemos espacio para Dios en nuestra vida y le damos el primer lugar, Él transforma nuestra manera de vivir y de amar. Desde los sencillos gestos de hospitalidad hasta la entrega radical de la propia vida, estamos llamados a un amor más profundo, más libre y más auténtico, arraigado en Cristo. En la primera lectura, tomada del Segundo Libro de los Reyes, encontramos a una mujer de Sunem que reconoce en el profeta Eliseo a un hombre de Dios. Ella no se limita a ofrecerle una comida ocasional; va mucho más allá. Junto con su esposo, prepara una habitación para que Eliseo pueda descansar cada vez que pase por allí.
Su hospitalidad es mucho más que una obra de cortesía. Es una apertura del corazón a la presencia de Dios. Aquella familia no tenía hijos y, humanamente hablando, parecía imposible que su situación cambiara. Sin embargo, Dios no se deja ganar en generosidad. A través del profeta Eliseo, les concede el don de un hijo. Su acogida se convierte en el camino por el que la bendición de Dios entra en su hogar.
Esta historia nos recuerda a Abraham y Sara. También ellos acogieron generosamente a unos viajeros desconocidos y recibieron una bendición inesperada: el nacimiento de Isaac. La Biblia nos enseña repetidamente que cuando abrimos la puerta a Dios y hacemos espacio para Él en nuestra vida, recibimos mucho más de lo que podemos imaginar. El mensaje de esta primera lectura es muy claro: la hospitalidad no consiste solamente en ofrecer comida o alojamiento. Significa hacer un lugar para los demás en nuestro corazón y en nuestra vida. Cuando acogemos a los demás con amor, generosidad y respeto, estamos acogiendo al mismo Dios.
En el Evangelio, Jesús nos habla de las exigencias del discipulado. Dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Son palabras exigentes y pueden parecer difíciles de entender. Sin embargo, Jesús no nos pide amar menos a nuestra familia. Nos pide amarlo a Él en primer lugar para poder amar correctamente a todos los demás. Jesús no quiere simplemente un lugar en nuestra vida; quiere el primer lugar. Cuando Dios ocupa el centro de nuestra existencia, nuestro amor se vuelve más libre, más profundo y menos egoísta. Aprendemos a amar con el mismo amor de Dios. Esto me recuerda una hermosa tradición de mi país, la India. Antiguamente, antes de construir una casa, los constructores observaban cuidadosamente el entorno. Si había un templo o un lugar de culto cerca, procuraban que la casa nunca fuera más alta que el templo. Detrás de esta costumbre había una enseñanza sencilla pero profunda: nada debe estar por encima de Dios. Ese es precisamente el mensaje de Jesús en el Evangelio de hoy. Ninguna posesión, ningún éxito, ninguna relación ni ninguna ambición debe ocupar en nuestro corazón un lugar superior al que corresponde al Señor. Cuando Cristo ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su lugar adecuado.
Las lecturas de hoy tienen también una aplicación muy práctica para nuestra vida cotidiana. Estamos llamados a ser personas hospitalarias. Cristo sigue llamando a nuestra puerta bajo muchos rostros y disfraces. La hospitalidad consiste en reconocer la presencia de Dios en los demás y servirle a través del amor que les ofrecemos. Los pobres tienen hoy muchos nombres y muchos rostros. No son solamente quienes carecen de recursos económicos. También son los migrantes y refugiados, los ancianos que viven en soledad, los enfermos, los niños abandonados, las personas sin hogar, los desempleados y todos aquellos que buscan comprensión, compañía y esperanza.
La pobreza no siempre es falta de dinero. Muchas veces es falta de amor, de escucha, de apoyo o de sentido en la vida. ¿Cómo podemos responder a estas necesidades? En primer lugar, mediante la oración. Rezar por los demás es uno de los mayores actos de amor que podemos ofrecer. Cuando oramos por alguien, lo ponemos en las manos misericordiosas de Dios. En segundo lugar, mediante la escucha. Muchas personas hoy necesitan simplemente alguien que las escuche con atención y paciencia. Escuchar de verdad es una auténtica obra de caridad.
En tercer lugar, mediante el acompañamiento. Hay muchas personas que se sienten solas, olvidadas y aisladas. Como Jesús acompañó a los discípulos en el camino de Emaús, también nosotros estamos llamados a caminar junto a quienes sufren, compartiendo sus cargas y ayudándoles a recuperar la esperanza.
Y, por supuesto, mediante las obras concretas de caridad. Hacemos presente el amor de Dios cuando cedemos nuestro asiento a una persona cansada, cuando ayudamos a alguien que está perdido, cuando visitamos a un enfermo, consolamos a quien sufre o tendemos una mano a quien atraviesa una dificultad.
Todo esto es trabajo misionero. Ser misionero no significa necesariamente ir a tierras lejanas. Nuestro campo de misión está donde Dios nos ha colocado: en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestro vecindario, en nuestra parroquia y en nuestra comunidad.
Como se suele atribuir a san Francisco de Asís: «Prediquen el Evangelio en todo momento; si es necesario, utilicen palabras». La predicación más convincente es el testimonio de una vida llena de amor, compasión y generosidad. Las lecturas de hoy nos recuerdan que la hospitalidad, el discipulado y la misión están profundamente unidos. Cuando ponemos a Cristo en el primer lugar de nuestra vida, aprendemos a reconocerlo en los demás. Y cuando lo reconocemos y lo acogemos en los demás, nos convertimos en misioneros de su amor. Que el Señor nos conceda un corazón abierto para acoger, unas manos generosas para servir y unos ojos capaces de reconocer su presencia en cada persona que encontremos en nuestro camino.
Amén.
P. Tomas Pallithazhathu






