Homilía del domingo 21 de junio de 2026
Queridos hermanos y hermanas en Cristo: En 1990, la guerra civil comenzó a extenderse por Argelia. Ante el aumento de la violencia, el gobierno pidió a los nueve monjes del monasterio de Nuestra Señora del Atlas, en Tibhirine, que abandonaran el país cuanto antes, pues ya no podía garantizar su seguridad frente a los grupos extremistas.
Los monjes se encontraron ante una dolorosa decisión. ¿Debían regresar a la seguridad de Francia o permanecer junto a aquel pueblo musulmán que los había acogido como hermanos? Sabían que quedarse podía costarles la vida, pero marcharse significaba abandonar a una comunidad que los amaba y encontraba en ellos un signo de esperanza. Un día, mientras el padre Christian, superior del monasterio, meditaba la posibilidad de partir, una mujer musulmana se acercó a él y le dijo:
«Por favor, no nos abandonen. Ustedes son las ramas y nosotros somos los pájaros que hacemos nuestros nidos en ellas.»
Sorprendido, el padre Christian respondió:
«Hasta ahora pensaba que, como nosotros somos extranjeros, ustedes eran las ramas y nosotros los pájaros que habíamos venido a descansar en ellas.» La mujer sonrió y contestó:
«No. Dios es el árbol. Ustedes son las ramas y nosotros somos los pájaros que construimos nuestros nidos en ellas. Por favor, no nos dejen.» Aquellas palabras tocaron profundamente su corazón. Cuando el padre Christian compartió esta conversación con la comunidad, el hermano Christophe, el más joven de todos, confesó con sinceridad:
«Yo quiero volver a mi país. Tengo miedo.» Aquella noche se arrodilló junto a su cama y oró entre lágrimas:
«Señor, hasta ahora creía que me había hecho sacerdote para vivir como un hombre bueno, no para convertirme en mártir.»
Al día siguiente, los monjes se reunieron para votar. Algunos deseaban quedarse y otros preferían regresar a Francia. El padre Christian propuso que antes dedicaran un largo tiempo a la oración, pidiendo a Dios que les mostrara su voluntad.
Después de varias horas de silencio y oración, volvieron a votar. Esta vez la decisión fue unánime:
«Nos quedamos. Este pueblo confía en nosotros y estas personas son nuestros hermanos y hermanas. Si la persecución y el martirio nos esperan, los recibiremos con alegría.» Aquella noche compartieron lo que sería su última cena juntos. Mientras estaban sentados alrededor de la mesa, sonaban suavemente las notas del Lago de los Cisnes de Chaikovski. Era una cena llena de paz, fraternidad y abandono total en las manos de DiosAntes de que los terroristas llegaran para llevárselos, el padre Christian escribió un testamento espiritual que sigue conmoviendo al mundo: «Si algún día llego a ser víctima del terrorismo, deseo que mi muerte se una a la de tantos inocentes que han sufrido la violencia en este país. Y a ti, amigo mío que quizá me mates, deseo que en el último instante pueda contemplar tu rostro y descubrir en él el rostro de Dios. Que podamos encontrarnos de nuevo como amigos en el Reino de Dios.»
Esa misma noche, el hermano Christophe volvió a ponerse de rodillas y rezó:
«Señor, mi oración ya no es una súplica; es una acción de gracias. Gracias por haberme conducido a un amor tan grande.»
En mayo de 1996, siete de aquellos monjes fueron brutalmente asesinados por terroristas. Su testimonio de fe, de perdón y de amor conmovió al mundo entero. En 2018, el papa Francisco los declaró beatos, reconociendo su martirio y su fidelidad a Cristo hasta el final. Su historia ilumina admirablemente el mensaje del Evangelio que acabamos de escuchar. Las lecturas de este domingo hablan de una de las experiencias más profundas del ser humano: el miedo. Todos conocemos el miedo. Tememos al rechazo, al fracaso, a la enfermedad, a la soledad, a la incertidumbre y, finalmente, a la muerte. El miedo puede paralizarnos y hacernos renunciar a aquello que sabemos que es correcto.
Sin embargo, a lo largo de toda la Sagrada Escritura, Dios repite constantemente a su pueblo:
«No tengan miedo.»
En la primera lectura encontramos al profeta Jeremías atravesando uno de los momentos más oscuros de su vida. Por anunciar fielmente la Palabra de Dios, fue ridiculizado, perseguido y rechazado. Sus enemigos conspiraban contra él, esperando verlo caer, e incluso sus amigos le dieron la espalda.
Pero Jeremías no se deja vencer por la desesperación. En medio del sufrimiento proclama con firmeza: «El Señor está conmigo como un guerrero poderoso.»
Las circunstancias no cambiaron inmediatamente, pero su fe le permitió descubrir que el verdadero valor no nace de la ausencia del miedo, sino de la confianza en la presencia de Dios.
¿Cuántas veces también nosotros nos sentimos incomprendidos por vivir según el Evangelio? Quizá somos criticados por defender la verdad, por practicar el perdón, por actuar con honestidad o por permanecer fieles a nuestros principios cristianos.
Jeremías nos enseña que la fe no elimina el miedo; la fe nos ayuda a confiar en Dios en medio del miedo.
La segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Romanos, amplía aún más nuestra mirada. San Pablo recuerda que por un solo hombre, Adán, entró el pecado en el mundo y, con él, la muerte. Sus consecuencias siguen presentes en la violencia, las injusticias, el egoísmo, las divisiones y las heridas que experimenta la humanidad.
Pero el centro del mensaje de Pablo no es el pecado, sino la gracia.
La gracia de Dios manifestada en Jesucristo es infinitamente más poderosa que el pecado humano. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. La misericordia de Dios siempre supera nuestras miserias, y su amor es más fuerte que la muerte. Esa certeza es la que sostiene nuestra esperanza.
En el Evangelio de hoy, Jesús prepara a sus discípulos para las persecuciones y dificultades que deberán afrontar. Y por tres veces les repite: «No tengan miedo.»
Jesús sabe que el miedo puede hacernos callar, esconder nuestra fe o renunciar al bien por temor a las críticas o al rechazo. Pero también nos recuerda que los hombres pueden herir el cuerpo, pero no pueden destruir el alma. Solo Dios tiene la última palabra sobre nuestra vida.
Luego Jesús nos ofrece una de las imágenes más tiernas del Evangelio. Habla de los pequeños gorriones, aves aparentemente insignificantes, de las que ni una sola cae al suelo sin que el Padre lo sepa. Y añade que incluso los cabellos de nuestra cabeza están contados. ¡Qué hermosa imagen del amor providente de Dios!
Nada de nuestra vida le resulta indiferente. Conoce nuestras lágrimas, nuestras luchas, nuestras alegrías y nuestros temores. Somos infinitamente valiosos a sus ojos. Finalmente, Jesús nos hace una invitación exigente y llena de esperanza:
«A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en el cielo.» La fe no está hecha para esconderse, sino para ser vivida y anunciada con valentía.
Los monjes de Tibhirine hicieron realidad estas palabras. No eran hombres sin miedo. También sintieron angustia, incertidumbre y lágrimas. Pero comprendieron que el valor cristiano no consiste en no tener miedo, sino en confiar plenamente en Dios a pesar del miedo. Su vida nos recuerda que el amor siempre es más fuerte que el odio, el perdón más fuerte que la venganza y la fe más fuerte que la muerte. Al celebrar hoy esta Eucaristía, quizá cada uno de nosotros lleva escondidos muchos temores: por la familia, por la salud, por el futuro, por la Iglesia o por nuestra propia vocación.
El Señor nos dirige hoy las mismas palabras que dirigió a sus discípulos:
«No tengan miedo.»
El Dios que cuidó de Jeremías sigue caminando a nuestro lado. El Dios que fortaleció a los mártires sigue sosteniendo nuestra debilidad. El Dios que cuida de los gorriones cuida también de cada uno de nosotros.
Pidámosle en esta celebración que fortalezca nuestra fe para vivir el Evangelio con valentía, sin avergonzarnos nunca de Cristo y confiando siempre en su amor providente. Porque cuando Dios ocupa el centro de nuestra vida, el miedo pierde su poder, la esperanza renace y el amor termina venciendo todas las pruebas.
Amén.
P. Tomas Pallithazhathu
















