Homilía del domingo de la Divina Misericordia. 12 de abril de 2026
Queridos hermanos y hermanas, hoy celebramos el segundo Domingo de Pascua, también el Domingo de la Divina Misericordia. La Palabra de Dios nos invita a hacer un camino interior: pasar del miedo a la paz, de la duda a la fe y del aislamiento a la comunión. La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta la vida de la primera comunidad cristiana. Después de Pentecostés, los creyentes no vivían su fe de manera individual, sino como una verdadera familia. Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en la oración.
Era una comunidad viva: compartían lo que tenían, se preocupaban unos por otros y nadie pasaba necesidad. Su fe no era solo una idea, sino una vida concreta, visible en el amor y la generosidad. Vivían con alegría y sencillez, y por eso atraían a otros. Este testimonio nos interpela hoy. Nos recuerda que la fe cristiana no se vive en soledad. Estamos llamados a construir comunidades donde la fe se comparta, se celebre y se viva en el amor. La segunda lectura, de la primera carta de Pedro, nos lleva más profundamente al corazón de esta fe. Nos habla de una esperanza viva, nacida de la resurrección de Jesús. No es una esperanza pasajera, sino firme, segura, sostenida por la promesa de Dios. Incluso en medio de las pruebas, esta esperanza no desaparece. Al contrario, las dificultades purifican nuestra fe y la hacen más fuerte. Y aunque no vemos a Jesús con nuestros ojos, lo amamos y creemos en Él. Esta fe nos llena de una alegría profunda, una alegría que no depende de las circunstancias. Y así llegamos al Evangelio. Los discípulos están encerrados, con las puertas cerradas, llenos de miedo. Han perdido a su maestro y no saben qué hacer. Pero en medio de ese miedo, Jesús entra y se pone en medio de ellos. Y sus primeras palabras son: «La paz esté con ustedes».
No hay reproche, no hay juicio. Solo paz. Solo misericordia. Jesús no viene a condenar, sino a levantar, a sanar y a dar una nueva oportunidad. Este es el corazón de la Divina Misericordia.
También nosotros, muchas veces, vivimos con las puertas cerradas: por miedo, por heridas, por dudas, por pecados. Pero ninguna puerta cerrada puede impedir la entrada de Cristo. Él viene, entra en nuestra vida y nos ofrece su paz.
Luego aparece Tomás. No estaba con los otros cuando Jesús vino por primera vez. Y cuando escucha el testimonio de los demás, no se conforma. Quiere ver, quiere tocar, quiere experimentar personalmente. Muchas veces lo llamamos “incrédulo”, pero hoy podemos descubrir algo más profundo: Tomás es un buscador sincero. No rechaza la fe, la busca con todo su corazón. No quiere una fe prestada, quiere un encuentro personal con el Señor. Y Jesús responde a su búsqueda. Vuelve, se acerca a él y le muestra sus heridas. No rechaza sus dudas, sino que las transforma en fe. Entonces sucede uno de los momentos más hermosos del Evangelio: Tomás cae de rodillas y dice: «Señor mío y Dios mío». Es una confesión breve, pero total. En esas palabras hay fe, amor, entrega y adoración.
Y Jesús añade: «Dichosos los que creen sin haber visto». Esa bienaventuranza es para nosotros. Nosotros no hemos visto, pero estamos llamados a creer, a confiar, a abrir el corazón. Queridos hermanos, toda esta Palabra nos conduce a un mismo punto: abrir las puertas de nuestra vida a Cristo. Abrir las puertas de nuestros miedos, de nuestras dudas, de nuestras heridas. Dejar que Él entre con su paz, que nos perdone, que nos levante y que nos envíe. Porque quien experimenta la misericordia no puede quedarse igual. Se convierte en testigo. Se convierte en instrumento de paz y de perdón. Hoy, en este Domingo de la Divina Misericordia, el Señor nos invita a hacer un acto sencillo pero profundo. Como Tomás, después de nuestras dudas, después de nuestras luchas, después de nuestras búsquedas…
Caer de rodillas en el corazón y decir con toda nuestra vida:
«Señor mío y Dios mío».
Y en ese momento, todo cambia. El miedo se convierte en paz, la duda en fe y la vida en una misión.
Que esta Eucaristía nos conceda esa gracia. Amén.
P. Tomas Pallithazhathu


