Homilía del domingo 19 de abril de 2026
Un pobre agricultor, después de un año terrible de sequía y pérdidas, fue a ver a su banquero. Sentado frente a él, le dijo: “Tengo una buena noticia y una mala noticia. ¿Cuál quiere escuchar primero?”
El banquero respondió: “Dime primero la mala noticia.” El agricultor suspiró y dijo: “Con la sequía, la inflación y todas las dificultades, no puedo pagar los préstamos que he tomado. No puedo pagar el fertilizante ni cumplir con mis obligaciones.” Luego, después de una pausa, añadió: “Pero la buena noticia es esta: quiero seguir trabajando con usted. Quiero seguir haciendo negocios con usted.”
Tal vez nos preguntamos si eso era realmente una buena noticia. Y sin embargo, revela algo muy humano: incluso en el fracaso, incluso en la incertidumbre, seguimos deseando aferrarnos a la relación, a la confianza, a la esperanza.
Queridos hermanos, el Evangelio de hoy según el Evangelio de Lucas nos introduce en esa misma experiencia humana. Dos discípulos caminan hacia Emaús. Sus pasos son lentos, sus corazones están pesados. Habían seguido a Jesucristo con grandes esperanzas, pero ahora todos sus sueños parecen hechos pedazos. Han escuchado rumores de que Él está vivo… pero no pueden creerlo. Una profunda tristeza los envuelve. Caminan hacia el atardecer, símbolo de la oscuridad que llena sus corazones. Sus hombros están caídos, sus rostros tristes, y el futuro parece incierto.
Y quizá nosotros también hemos caminado por ese camino… momentos en los que la vida nos decepciona, cuando la esperanza se debilita, cuando nos preguntamos en silencio:
¿Dónde está Dios en mi sufrimiento? Esta pregunta es tan antigua como la fe misma. En el libro de Daniel, escuchamos la historia de tres jóvenes que fueron arrojados a un horno ardiente por el rey Nabucodonosor II. El fuego fue calentado siete veces más de lo normal. Todo indicaba que iban a ser destruidos. Pero cuando el rey miró dentro del horno, quedó asombrado: “¿No echamos a tres hombres? ¿Por qué veo cuatro caminando en medio del fuego?”
Hermanos y hermanas, ese cuarto es el misterio de la presencia de Dios. Donde hay tres que sufren, hay un cuarto. Donde hay dos que caminan en dolor, hay un tercero.
Y así continúa también en el camino de Emaús. Porque cuando dos discípulos caminan en tristeza, hay un tercero caminando con ellos… Desconocido, no reconocido… pero presente.
Y así, el camino continúa. Los dos discípulos llegan a Emaús. El compañero de viaje parece seguir adelante, pero ellos le insisten:
“Quédate con nosotros, porque ya es tarde.” Él acepta. Se sientan a la mesa. Y entonces ocurre algo extraordinario.
El invitado se convierte en el dueño de la mesa.
El caminante se convierte en sacerdote.
Toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da.
Y en ese mismo momento —en la fracción del pan— sus ojos se abren.
Lo reconocen. Es Jesucristo.
Queridos hermanos y hermanas, ese encuentro lo cambia todo.
Hace unos momentos estaban cansados, tristes, desanimados. Pero ahora, transformados por este encuentro, no pueden quedarse donde están. Se levantan inmediatamente y regresan a Jerusalén. Del desánimo a la esperanza.
De la oscuridad a la luz.
De la confusión a la misión.
Este es el poder de la experiencia de Emaús. Este relato, propio del Evangelio de Lucas, no es solo una historia del pasado. Es una experiencia que cada cristiano está llamado a vivir.
Porque todos nosotros caminamos por caminos de desesperanza en algún momento.
Y sin embargo, en esos mismos caminos, Dios camina con nosotros, aunque no lo reconozcamos.
Nos habla a través de su Palabra. Nos explica el sentido de la vida. Y a veces sentimos dentro de nosotros algo especial… nuestro corazón arde.
Pero el reconocimiento pleno llega en la fracción del pan. Es en la fragilidad, en la ruptura, donde Dios se revela.
Cuando Jesucristo estaba en la cruz, su cuerpo estaba destrozado, su rostro desfigurado, casi irreconocible como hombre. Y sin embargo, en ese momento, un centurión romano proclamó:
“Verdaderamente, este era el Hijo de Dios.” En el momento de mayor sufrimiento, en el momento de mayor debilidad, Se reveló la divinidad.
Y lo mismo sucede en nuestra vida. Cuando estamos rotos… Cuando estamos heridos… Cuando estamos en lo más profundo del dolor… ese no es el final.
Es el momento en que Dios está más cerca.
Emaús no es solo un acontecimiento histórico. Es una experiencia viva.
Nos recuerda que nuestros momentos de dolor no están vacíos. Son espacios sagrados donde Dios entra, sana y transforma.
Como un grano de arena dentro de una ostra, que hiere y molesta, pero que con el tiempo se convierte en una perla preciosa… así también nuestro sufrimiento, tocado por la gracia de Dios, se transforma en algo hermoso. La ruptura no nos lleva a la destrucción. La ruptura nos lleva a la salvación. Por eso, cada Eucaristía es una experiencia de Emaús. Cada vez que nos reunimos, cada vez que el pan es tomado, bendecido, partido y compartido, somos invitados a reconocerlo nuevamente.
Queridos hermanos y hermanas, quizá cada vez que venimos a la iglesia para la Eucaristía, somos como esos dos discípulos. Venimos con la cabeza baja…
cargando decepciones, preocupaciones, heridas. Venimos con el peso del pecado, con las ansiedades de la vida, con el corazón cansado.
Pero este encuentro no debe dejarnos igual. En la Palabra proclamada y en el Pan partido,
en esta Santa Eucaristía, estamos llamados a reconocer a Jesucristo. Y cuando realmente lo encontramos, algo dentro de nosotros debe cambiar. Como aquellos discípulos, no podemos quedarnos igual. Debemos levantarnos y emprender el camino de regreso. No con tristeza, no con confusión, sino con alegría.
Una alegría que levanta el corazón, una paz que calma nuestras inquietudes, una esperanza que da sentido a nuestra vida.
Regresamos a nuestros hogares, la nuestra vida cotidiana, no como personas abatidas, sino como testigos. Testigos que han visto al Señor. Testigos que han experimentado su presencia. Testigos que proclaman con su vida: Cristo está vivo. Cristo camina conmigo. Cristo transforma mi vida. Que esta experiencia de Emaús llene nuestro corazón de esperanza
y nos envíe de nuevo a nuestra vida diaria con fe renovada, con valentía, y con alegría. Amén.
P. Tomas Pallithazhathu







