IV Domingo de Pascua| Yo soy la puerta de las ovejas

 Homilía del domingo 26 de abril de 2026

El cuarto Domingo de Pascua, llamado Domingo del Buen Pastor, coincide con la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. La figura del Buen Pastor es una de las imágenes más expresivas del servicio y del cuidado pastoral que nos presenta la Sagrada Escritura. En este día, la Iglesia nos invita a orar por las vocaciones, especialmente por quienes han sido llamados al ministerio sacerdotal, para que, configurados con Cristo, Buen Pastor, sean verdaderos pastores con «olor a oveja». Durante la fiesta de la Sagrada Familia, en el tiempo de Navidad, reflexionábamos sobre la santidad de la familia. Y en aquel momento también expresábamos un deseo muy humano y muy profundo: que cada persona pueda tener una casa, porque la casa no es solo un lugar físico… la casa es nuestra identidad, es el espacio donde nos sentimos acogidos, donde pertenecemos, donde somos nosotros mismos.

La Navidad, de alguna manera, nos introduce en la espiritualidad del hogar: un Dios que viene a habitar entre nosotros, un Dios que entra en nuestra historia y hace de nuestra vida su casa. Pero hoy, en este tiempo de Pascua, el Señor nos lleva un paso más allá. Si la Navidad nos habla de la casa, La Pascua nos habla de la puerta.

Hoy Jesús no nos habla simplemente del hogar, sino que nos revela algo aún más profundo: Él mismo se convierte en la puerta de nuestra casa.

Entonces la pregunta es: ¿Qué tipo de puerta quiere ser Jesús para nosotros? ¿Qué significa vivir la espiritualidad no solo de una casa, sino de una puerta?

Y es precisamente aquí donde el Evangelio de hoy, tomado del Evangelio de Juan, nos abre una nueva comprensión. En el Evangelio de hoy, Jesús se presenta de una manera sorprendente y profundamente significativa. No comienza diciendo: “Yo soy el Buen Pastor”, sino más bien: “Yo soy la puerta.”

Esta es una de sus grandes afirmaciones: Yo soy el camino, yo soy la verdad, yo soy la vida… yo soy la vid… y hoy, yo soy la puerta.

No son simples palabras bonitas ni frases motivadoras. Jesús las ha vivido. Él se ha hecho camino, verdad y vida; y hoy se nos presenta como la puerta por la cual entramos en una relación viva con Él. Dice: “Mis ovejas me conocen… yo las conozco por su nombre… y doy mi vida por ellas.” Esto no es algo abstracto, es profundamente personal.

Hoy los invito a contemplar lo que podemos llamar la espiritualidad de la puerta. Existe un famoso cuadro de William Holman Hunt, titulado La luz del mundo. En él vemos a Jesús de pie ante una puerta cerrada, con una lámpara en la mano, llamando suavemente. Pero hay un detalle muy importante: Esa puerta no tiene manija por fuera. Solo puede abrirse desde dentro.

Aunque el Señor resucitado entró donde estaban los discípulos aun con las puertas cerradas, Él no fuerza la entrada al corazón humano. Él espera. Él llama. Él invita. Pero somos nosotros quienes debemos abrir.

Todos nosotros conocemos lo que significa una puerta en nuestra vida cotidiana. Lo primero que viene a la mente es la puerta de nuestra casa.

Es una puerta que:

  • Cuando está abierta, acoge
  • Cuando está cerrada, protege.
  • Nos da seguridad y pertenencia.

Nos protege de los extraños, del peligro, de quienes quieren hacer daño. Una puerta nunca es neutra: habla. Una puerta abierta dice: “Eres bienvenido.” Una puerta cerrada puede decir: “No eres esperado.”

Pensemos en una experiencia concreta. Hacemos un largo viaje para visitar a alguien querido. Al acercarnos, vemos la puerta abierta y a alguien esperándonos con los brazos abiertos. Inmediatamente nos sentimos:

  • valorados
  • esperados
  • Profundamente amados

Pero imaginemos lo contrario. Llegamos, incluso después de haber avisado, y encontramos la puerta cerrada. Tocamos varias veces, y nadie responde. En ese momento surgen muchos pensamientos: nos sentimos no deseados, olvidados, poco importantes. La puerta ha hablado, sin palabras.

También experimentamos la puerta en el ritmo de nuestra vida diaria. Cuando salimos de casa y cerramos la puerta, sentimos cierta inquietud. Pero cuando regresamos y la abrimos, experimentamos alivio y paz. Incluso llevamos la llave con nosotros, como si lleváramos parte de esa seguridad.

En lo profundo del corazón humano hay siempre una pregunta: ¿Cuándo podré volver? ¿Dónde está mi verdadero hogar?

Jesús se convierte en esa puerta del retorno, el lugar donde nuestra inquietud encuentra descanso.

Hay también momentos en la vida donde una puerta concentra una gran carga emocional. Pensemos en alguien esperando fuera de un quirófano, mientras un ser querido lucha entre la vida y la muerte. O en alguien ante la puerta cerrada de una iglesia, con deseo de entrar y orar. Una puerta puede contener miedo, esperanza, incertidumbre y anhelo.

Y en medio de todas estas experiencias, Jesús dice: “Yo soy la puerta.”

Ahora pasemos a otra imagen muy significativa, propia del mundo mediterráneo. En los campos abiertos, los pastores construían recintos sencillos para las ovejas, muchas veces sin puerta. Por la noche, el pastor se acostaba en la entrada. Él mismo se hacía la puerta.

Con su cuerpo decía: “Si quieres tocar a mis ovejas, tendrás que pasar por mí.”

Eso es exactamente lo que Jesús significa:

Él es el protector, el guardián, el que se pone entre nosotros y el peligro. Y no es solo una imagen: Él realmente entregó su vida.

Mientras permanecemos dentro, estamos seguros. Sin embargo, a veces entendemos mal esta puerta. Pensamos que limita, que restringe, que quita libertad.

Eso mismo le ocurrió al hijo menor en la parábola del hijo pródigo. Sintió que la casa del padre lo limitaba. Buscó libertad y se marchó. Salió por la puerta. Pero esa “libertad” lo llevó a la confusión, a la pérdida, al sufrimiento. Lo que parecía liberación terminó siendo esclavitud. La paz no llegó cuando salió. La paz llegó cuando regresó.

Y cuando volvió, el padre no lo rechazó: lo abrazó. Aquí está el sentido más profundo. Detrás de esta puerta—que es Cristo—no estamos encerrados. No estamos limitados. Estamos seguros, estamos amados, estamos sostenidos. No es un espacio estrecho. Es un espacio sagrado, donde experimentamos:

  • ⁣El calor de Dios
  • su amor
  • ⁣Su cuidado inmenso

Es como estar en el abrazo del Padre, no en el momento en que el hijo se va, sino en el momento en que vuelve. Por eso, cuando Jesús dice: “Yo soy la puerta”, no está diciendo: “Quédate encerrado.”

Está diciendo: “Permanece en mi amor. Permanece donde eres conocido. Permanece donde estás seguro.”

Detrás de esta puerta no somos prisioneros. Somos hijos amados.

La tragedia no es que la puerta esté cerrada.

La tragedia es salir, pensando que encontraremos algo mejor fuera.

Y la gracia es esta: La puerta sigue ahí. Cristo sigue llamando, El Padre sigue esperando, El abrazo sigue disponible.

Por eso, la pregunta final no es si la puerta está abierta o cerrada. La pregunta es:

¿Estoy dispuesto a abrir la puerta de mi corazón?

¿Quiero entrar y permanecer en ese espacio de amor?

¿O sigo fuera, buscando lo que nunca podrá saciarme? La esperanza que tengo es la fe de que las llaves de todas las puertas cerradas de mi vida están en las manos de Aquel que habita más allá de la puerta cerrada del tabernáculo. Él es quien dijo: “Yo soy la verdadera puerta.” Amén.

P. Tomas Pallithazhathu

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