VI DOMINGO DE PASCUA| Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito

 Homilía del domingo 10 de mayo de 2026

En 1991, un avión de Air Canada vivió un momento dramático. Todo parecía ir bien durante el vuelo, los pasajeros estaban tranquilos, el viaje era normal… hasta que ocurrió algo inesperado: el avión se quedó sin combustible, todavía a cientos de kilómetros de su destino. Imaginen el miedo dentro de ese avión. Lo que era calma se convirtió en ansiedad, inquietud y temor. Sin embargo, por la gracia de Dios, el avión logró aterrizar con seguridad. Hermanos, esta historia no es solo sobre un avión. Es también sobre nuestra vida.

Porque a nosotros nos puede pasar lo mismo. Todo parece ir bien: tenemos familia, trabajo, estabilidad… pero un día sentimos un vacío interior. No hay alegría, no hay paz, no hay sentido. Es como si nos hubiéramos quedado sin “combustible” espiritual.

Pero demos un paso más. Imaginen ahora otra escena: una noche, todo un barrio se queda sin electricidad. Un apagón total. Las luces se apagan, todo se detiene, la gente sale inquieta, incómoda, buscando respuestas.

Y en medio de esa oscuridad, hay una casa que sigue iluminada.

Los vecinos preguntan: “¿Cómo es posible que tú tengas luz?” Y la respuesta es simple: “Porque estoy conectado a una fuente de energía.”

Hermanos, aquí está la clave: no basta solo con tener “combustible”… hay que estar conectados.

Eso es exactamente lo que Jesús nos enseña en el Evangelio de hoy. Los discípulos están tristes, con miedo, porque Jesús se va. Se sienten inseguros, como ese avión en peligro, como ese barrio en oscuridad.

Y Jesús les dice: “No los dejaré huérfanos.” Les promete el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es nuestra energía interior. Es la presencia de Dios en nosotros. Es quien nos mantiene llenos y conectados.

En la primera lectura, vemos a los primeros cristianos después de la persecución. Tienen miedo, están dispersos, su fe es probada. Pero cuando reciben el Espíritu Santo, todo cambia.

Ya no están vacíos. Ya no están desconectados.

Se llenan de fuerza y empiezan a anunciar el Evangelio con valentía. Hermanos, recordemos esto:

una fe sin el Espíritu Santo es como un avión sin combustible… y como una casa sin electricidad.

Puede estar ahí… pero no avanza, no ilumina, no tiene vida.

En la segunda lectura, san Pedro nos recuerda que vendrán momentos difíciles. Habrá oscuridad en la vida.

Pero quien está conectado al Espíritu no se apaga. Sigue brillando. Sigue en paz. Sigue adelante.

Y entonces los demás preguntan:

“¿De dónde viene tu fuerza?”

“¿De dónde viene tu paz?”

Y tu vida responde.

Hermanos y hermanas,

hoy nos llevamos tres mensajes muy claros:

Primero:

Estar conectados al Espíritu Santo es esencial.

Sin Él, nos vaciamos.

Con Él, tenemos paz, fuerza y alegría.

Nos conectamos a través de la oración, los sacramentos y un corazón abierto.

Segundo:

La fe verdadera brilla en los momentos difíciles.

No cuando todo es fácil, sino cuando hay oscuridad.

Ahí es donde se ve la luz.

Tercero:

El amor nos mantiene conectados.

Jesús lo dice:

“Si me aman, cumplirán mis mandamientos.”

Amar es una decisión diaria: perdonar, servir, ser fieles.

Cuando vivimos en el amor, permanecemos unidos a Dios.

Conclusión

Hermanos, cuando la vida se vuelva difícil —y pasará— recuerden esto:

No están solos.

No están sin fuerza.

Manténganse llenos…

y manténganse conectados al Espíritu.

Y como ese avión que logró llegar,

y como esa casa que sigue iluminada en medio del apagón,

ustedes también seguirán adelante…

y ustedes también brillarán.

Y cuando alguien pregunte:

“¿De dónde viene esa luz?”

su vida responderá:

“Estoy conectado.”

Mantente conectado, mantente con energía.

Que tengan un domingo bendecido.

Amén.

P. Tomas Pallithazhathu

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