XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO| ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

Homilía del domingo 20 de septiembre de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este domingo nos transmiten un mensaje muy hermoso y muy esperanzador: Dios siempre nos está llamando y Dios siempre es generoso. El profeta Isaías nos habla de la invitación de Dios a volver a Él, y Jesús, en el Evangelio, nos muestra la inmensa generosidad de Dios con la parábola de los obreros de la viña.

Hoy quisiera reflexionar con ustedes en dos partes muy sencillas. Primera parte: «Busquen al Señor mientras se deja encontrar»

La primera lectura del profeta Isaías se sitúa en un momento muy difícil de la historia de Israel. El pueblo había vivido el exilio, el sufrimiento y las consecuencias de haberse alejado de Dios. Habían perdido su tierra, su seguridad y, en muchos momentos, también la esperanza.

Pero ¿qué hace Dios?

No los abandona. No les dice: «Ya es demasiado tarde». Al contrario, les dirige una invitación llena de misericordia: «Busquen al Señor mientras se deja encontrar; llámenlo mientras está cerca.»

Hay un sentido de urgencia en estas palabras. La invitación de Dios no es para mañana, sino para hoy. Cuántas veces nosotros también decimos: «Ya rezaré más adelante. Perdonaré después. Me confesaré otro día. Cambiaré cuando tenga tiempo.» Siempre encontramos una razón para dejar la conversión para otro momento.

Isaías nos recuerda que la gracia de Dios se ofrece en el presente. El mejor momento para volver a Dios no es mañana; es ahora. El profeta continúa diciendo: «Que el malvado abandone su camino y el hombre injusto sus pensamientos.»

La conversión no consiste solamente en cambiar nuestras acciones. También significa dejar que Dios transforme nuestra manera de pensar, de juzgar y de mirar a los demás. Podemos hacer cosas buenas, pero seguir guardando resentimiento, orgullo o envidia en el corazón. Dios quiere cambiar nuestra vida y también nuestro corazón.

Y luego encontramos una de las frases más consoladoras de toda la Escritura: «Porque Él tendrá compasión y perdonará abundantemente.»

¡Qué hermoso es nuestro Dios! No está esperando para castigarnos. Está esperando para perdonarnos. Su misericordia es siempre más grande que nuestros pecados. Finalmente, Isaías nos recuerda:

«Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos.» Nosotros queremos entender todo. Queremos que Dios nos explique por qué sufrimos, por qué esperamos tanto, por qué algunas oraciones parecen no tener respuesta. Pero la fe muchas veces consiste en confiar antes de comprender.

Quizá el mayor obstáculo de nuestra vida espiritual no sea la duda, sino el retraso. Retrasamos nuestro encuentro con Dios pensando que siempre habrá otra oportunidad. Hoy Isaías nos dice con cariño, pero también con firmeza: No retrasemos la llamada de Dios. Él está cerca. Busquémoslo hoy.

Segunda parte: Dios nunca deja de buscarnos El Evangelio lleva este mensaje todavía más lejos.

Jesús cuenta la parábola de un propietario que sale a contratar trabajadores para su viña. Sale al amanecer, vuelve a las nueve, al mediodía, a las tres de la tarde y, finalmente, a las cinco, cuando ya casi termina la jornada. Normalmente prestamos atención al salario. Pero antes del salario hay un detalle muy importante.

El propietario vuelve una y otra vez. No sale solamente una vez. Sale de nuevo. Y vuelve otra vez. Y vuelve una vez más. Ese es el centro del Evangelio de hoy.

Dios no nos llama una sola vez en la vida. Nos busca continuamente en las distintas etapas de nuestro camino.

Nos llama cuando somos niños. Nos llama en la juventud. Nos llama cuando formamos una familia. Nos llama en el trabajo.

Nos llama en la enfermedad. Nos llama en la soledad. Nos llama después de un fracaso.

Nos llama incluso después del pecado. Y muchas veces nos llama precisamente cuando pensamos que ya es demasiado tarde.

Dios nunca se cansa de buscarnos.

Pensemos por un momento en aquellos obreros que permanecían en la plaza a las cinco de la tarde.

Llevaban horas esperando. Necesitaban trabajo.

Necesitaban llevar comida a casa. Veían cómo otros eran contratados mientras ellos seguían esperando.

Poco a poco perdían la esperanza.Y cuando ya pensaban que el día estaba perdido, el propietario se acerca y les dice:

«Vayan también ustedes a mi viña.» ¡Qué alivio debieron sentir!

Alguien se fijó en ellos. ¿No sucede algo parecido en nuestra vida espiritual?

Hay personas que piensan:

«He perdido muchos años.»

«He cometido demasiados errores.»

«Ya soy demasiado mayor.»

«Estoy demasiado lejos de Dios.»

«He desperdiciado mi oportunidad.»

El Evangelio responde con mucha esperanza:

Nunca es demasiado tarde para Dios.

Aunque sea la última hora, Dios sigue saliendo a buscarnos.

Su invitación permanece abierta.

Y esto también nos llena de esperanza por tantas personas que amamos: un hijo alejado de la fe, un hermano, un amigo, alguien que lleva muchos años lejos de Dios.

Mientras hay vida, Dios sigue llamando.

Pero después llega la parte más incómoda de la parábola.

Los trabajadores que comenzaron al amanecer reciben exactamente lo mismo que los que trabajaron solo una hora.

Y entonces protestan.

Dicen:

«Los has tratado igual que a nosotros.»

Fijémonos bien.

No recibieron menos de lo prometido.

Recibieron exactamente lo acordado.

Lo que les molestó fue la generosidad que Dios mostró con los demás.

Y aquí el Evangelio toca nuestro corazón.

Porque también nosotros nos comparamos.

«Señor, yo llevo años rezando.»

«He servido a la Iglesia.»

«He intentado ser fiel.»

«¿Por qué otros reciben la bendición que yo sigo esperando?»

La comparación entra silenciosamente en nuestra relación con Dios.

Comparamos nuestras bendiciones con las de otros.

Comparamos nuestros sufrimientos con los de otros.

Comparamos nuestros dones y nuestras oportunidades.

Y cuando aparece la comparación, desaparece la gratitud.

Jesús quiere enseñarnos que la gracia de Dios no es un salario.

No podemos poner a Dios en deuda con nosotros.

Su amor no se compra.

Su misericordia no se calcula.

Su gracia siempre es un regalo.

Y gracias a Dios que Él es así de generoso.

Porque si Dios nos tratara únicamente según lo que merecemos, ninguno de nosotros podría presentarse delante de Él.

Todo lo que somos y todo lo que tenemos es gracia.

La vida es gracia.

La fe es gracia.

El perdón es gracia.

La Eucaristía es gracia.

La salvación es gracia.

A veces alguien pregunta:

«Entonces, ¿para qué ser fiel toda la vida si quien llega al final recibe la misma recompensa?»

La respuesta es muy sencilla.

Porque la mayor recompensa no es solamente el cielo al final de la vida.

La mayor recompensa es vivir con Dios desde ahora.

Quien encuentra a Dios pronto tiene el privilegio de caminar con Él durante toda su vida.

Puede experimentar su compañía, su paz, su fuerza y su amor cada día.

Trabajar en la viña del Señor ya es un regalo.

Servir al Señor ya es una bendición.

Pertenecer a Dios ya es la recompensa más grande.

Conclusión

Hermanos y hermanas, las lecturas de hoy nos dejan dos invitaciones muy claras. La primera: no retrasemos nuestro regreso a Dios. Si hay algo que reconciliar, una oración que hacer, un perdón que ofrecer o pedir, hagámoslo hoy. El Señor está cerca y nos espera con misericordia. La segunda: nunca pensemos que Dios ha dejado de buscarnos. Él sigue saliendo al encuentro de cada uno de nosotros, una y otra vez, en los distintos momentos de nuestra vida. Incluso en la última hora, su invitación permanece abierta y su gracia sigue siendo abundante.

Y cuando Dios bendiga a otra persona, en lugar de preguntarnos: «¿Por qué ella y no yo?», aprendamos a decir: «Gracias, Señor, porque Tú eres bueno y generoso.»

Como dice Isaías: «Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes.»

Nosotros pensamos en términos de mérito, comparación y cálculo. Dios piensa en términos de misericordia, generosidad y gracia. Que hoy salgamos de esta Eucaristía con un corazón agradecido, confiando en que Dios sigue llamándonos y alegrándonos por el bien que hace en la vida de los demás.

Dios es bueno todo el tiempo. Y todo el tiempo, Dios es bueno. Amén.

P. Tomas Pallithazhathu

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