V Domingo de Cuaresma (A)| Yo soy la resurrección y la vida

Homilía del domingo 22 de marzo de 2026

En este quinto domingo de Cuaresma, mientras nos acercamos cada vez más a la Semana Santa, las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre el poder de Dios para restaurar la vida cuando la esperanza parece enterrada y para renovar nuestro corazón cuando la fe se vuelve frágil.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel habla al pueblo de Israel durante el tiempo del exilio en Babilonia. Jerusalén había sido destruida, el templo había desaparecido y el pueblo se sentía abandonado y sin esperanza. Ellos se describían a sí mismos como huesos secos, sin vida y sin futuro. Pero en medio de esa oscuridad, Dios pronuncia una promesa poderosa: “Abriré vuestros sepulcros y os haré salir de ellos.”

Este mensaje no habla solamente de la resurrección después de la muerte, sino de la restauración y la renovación incluso en medio de la desesperación. Dios promete poner su Espíritu en ellos y devolverles la vida. En la segunda lectura, san Pablo nos recuerda que esta vida nueva viene cuando vivimos según el Espíritu. Una vida centrada únicamente en los deseos egoístas y el pecado —lo que Pablo llama vivir “según la carne”— no puede conducir a la verdadera vida. Pero cuando permitimos que el Espíritu de Dios guíe nuestros pensamientos, decisiones y acciones, el mismo Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos comienza a renovar nuestra vida desde dentro.

Todas estas ideas alcanzan su plenitud en el Evangelio de hoy, la resurrección de Lázaro. El Evangelio de Juan comienza con una celebración: una boda en Caná, donde Jesús transforma el agua en vino, revelando la gloria de Dios en medio de la necesidad y la alegría humanas. Sin embargo, avanza hacia una escena muy distinta: la tumba de Lázaro, un lugar de dolor, pérdida e impotencia humana. Estos son los dos grandes momentos de la vida humana: la celebración y el duelo, la alegría y la oscuridad. Y, sin embargo, en ambos, Dios no está ausente. Está presente: activo, vivo y transformador. En la boda, Él trae abundancia; en la tumba, Él trae vida.

Marta y María representan la situación humana. Ellas eran amigas cercanas de Jesús. Su casa en Betania era un lugar de amistad y de acogida para Él. Sin embargo, cuando su hermano Lázaro enfermó gravemente, Jesús parecía ausente precisamente cuando más lo necesitaban. Por eso ambas dicen con dolor:

“Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.” Jesús ya sabía que Lázaro estaba enfermo, pero retrasó deliberadamente su llegada y llegó solamente al cuarto día después de su muerte.

Este retraso habla profundamente de nuestra propia experiencia de fe. Muchas veces sentimos que Dios tarda, que nuestras oraciones no son respondidas y que el cielo permanece en silencio. Pero esos momentos revelan la profundidad de nuestra relación con Dios. La fe no significa que todo suceda según nuestro tiempo. Dios tiene su propio camino y su propio tiempo. A veces la presencia de Dios se manifiesta no cuando nosotros queremos, sino cuando más la necesitamos. En esos momentos, Dios fortalece nuestra fe y manifiesta su gloria de maneras que nunca habríamos imaginado.

Otro detalle importante del Evangelio es que Marta y María están mirando el sepulcro cerrado. Sus ojos están fijos en la muerte, en la pérdida y en la desesperanza.

Muchas veces nosotros hacemos lo mismo. En lugar de mirar el rostro de Dios, nos concentramos solamente en nuestros problemas: enfermedades, sufrimientos, dificultades económicas, relaciones rotas o incertidumbres sobre el futuro. Cuando miramos solo el sepulcro, la desesperanza crece. Pero cuando nos volvemos hacia Dios, algo cambia. Marta finalmente se vuelve hacia Jesús y dice:

“Sí, Señor, yo creo.”

La fe comienza cuando apartamos la mirada del sepulcro y la dirigimos hacia el Señor.

En medio de ese dolor escuchamos el versículo más corto de la Biblia:

“Jesús lloró.”

Este momento revela algo muy profundo sobre Dios. Jesús no permanece distante del sufrimiento humano. Él entra plenamente en el dolor de las personas. Comparte su tristeza y sus lágrimas. Antes de obrar el milagro, primero comparte su sufrimiento. Dios no está lejos de nuestro dolor: Dios sufre con nosotros.

Luego Jesús da dos órdenes importantes.

Primero dice a los que estaban allí:

“Quitad la piedra.”

Este mandato nos recuerda que Dios muchas veces actúa a través de la colaboración humana. Lázaro no podía salir del sepulcro si alguien no quitaba antes la piedra.

De la misma manera, muchas personas hoy viven encerradas en diferentes sepulcros: sepulcros de miedo, de soledad, de injusticia, de desesperación o de culpa. A veces nosotros mismos estamos atrapados en los sepulcros de nuestras inseguridades y debilidades.

Dios nos invita a quitar esas piedras, a remover todo aquello que impide que la vida vuelva a surgir. Después Jesús grita con voz fuerte:

“¡Lázaro, sal fuera!”

Lázaro sale del sepulcro, pero todavía está atado con las vendas funerarias. Entonces Jesús da otra orden:

“Desatadlo y dejadlo andar.”

Aquí vemos nuevamente la responsabilidad de la comunidad cristiana. Muchas personas salen del sepulcro, pero todavía permanecen atadas por heridas, por errores del pasado o por injusticias. Nuestra misión como cristianos es ayudar a desatar esas ataduras, devolver dignidad, justicia y libertad para que todos puedan vivir la vida en plenitud.

Existe una antigua leyenda sobre Lázaro después de que Jesús lo resucitó de entre los muertos.

Una leyenda dice que Lázaro nunca volvió a reír en toda su vida. Habiendo visto el misterio más allá de la muerte, habiendo experimentado la plenitud de la vida y la gloria de Dios, todo en este mundo debió parecerle pequeño y casi absurdo. Las competiciones, el orgullo, las luchas interminables, el ruido y las búsquedas triviales de la vida humana… después de haber visto la realidad de la vida de Dios, ¿cómo podría reír?

Pero otra leyenda dice que Lázaro siempre estaba riendo. Porque si alguien ha visto la verdad más profunda de la vida, si alguien ha contemplado la gloria de Dios y la victoria sobre la muerte, ¿cómo no sonreír al ver las pequeñas cosas por las que las personas se pelean: las rivalidades insignificantes, los chismes, las preocupaciones interminables por cosas que pasan? Al ver todo esto, ¿cómo no podría reír?

El Evangelio de hoy nos invita a hacernos una pregunta importante:

¿Cuáles son los sepulcros en nuestra propia vida?

Tal vez sean miedos, heridas, pecados, fracasos o situaciones donde sentimos que la esperanza ha muerto. Mientras continuamos nuestro camino cuaresmal hacia la Semana Santa, Cristo se acerca a esos sepulcros y nos llama a cada uno por nuestro nombre. Nos invita a confiar en su tiempo, a apartar la mirada de la desesperanza y a permitir que Él traiga vida nueva donde pensábamos que todo había terminado. Porque con Cristo ningún sepulcro es definitivo, ninguna oscuridad es eterna y ninguna vida está fuera del poder de la resurrección.

Amén.

P. Tomas Pallithazhathu

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